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LA ÚLTIMA VEZ QUE LA VÍ



"La última vez que la ví
se fue doblano la esquina,
donde se tuercen los sueños
y se apagan los ecos de palabras antiguas..."
(Por sus heridas, J.I. García Lapido)

Cuenta la historia que la palabra maniquí proviene del holandés manneken, que significa "hombre pequeño". Un maniquí en nuestra cultura sirve de decoración, de portador de prendas de vestir. Se exhiben para vender. Deben estar impolutos, limpios, siempre sonriendo o con semblante serio, casi desafiante, pero mostrándose como un reflejo tangible de cómo nos gustaría que no viesen. Tan altivos y perfectos...

Somos capaces de ver, casi sin inmutarnos, a personas sucias, andrajosas y con el mismo sentimiento de vacío en sus ojos, pero da igual, son personas. Eso no importa. Pero nos produce cierta repulsa observar un maníquí roto, desmelenado. El maniquí se muestra como símbolo de la mujer y el hombre impecable, perfectamente formado y vestido, y perfectamente arreglado en el sitio perfecto. Ofender el glamour de un maniquí eso sí es intolerable.

Ahí estaba ella. En un callejón de apenas un par de metros sombríos y acre olor a orín. Atada a una carcomida y destartalada silla. Como si se fuese a escapar, para volver de nuevo a estar en lo más alto. Al rato volví a pasar por allí. Ya no estaba. Y el kiosko estaba cerrado. La calle era aún más sombría y estrecha. No volví a verla jamás. Y es que lo maniquíes, aunque desprestigiados, revelan de alguna forma, lo que siempre quisimos ser...


Cámara NIKON D200
Abertura f8
Velocidad 1/200sg
Objetivo Sigma 18-70 mm f/3.5-4.5
Longitud focal 70mm (105mm en 35mm)
Medición Matricial
Modo: Manual
ISO 100
Calidad RAW

NADA MÁS POR HOY


(anochecer en la huerta de Valencia)

"La tarde fué triste. Sentada a la puerta de la barraca, creyó sorprenderle varias veces rondando por sendas algo lejanas, o escondiéndose en la cañares para mirarla..."(La Barraca, V. Blasco Ibáñez, 1902).

Llevaba mucho tiempo, años, queriendo volver a la huerta. Allí, cuando era niño, pasaba los veranos. Recorriendo con mi abuelo los naranjales y cogiendo a los despabilados caracoles que, tras una fuerte tormenta de verano en la que parecía caerse el cielo, salían incautos a raer unas hojas de hinojo. Al final acababan siendo arte y parte de alguna paella que mi abuela preparaba en la chimenea con leña de pino y romero. Eso sí que eran unas paellas en condiciones!

Recuerdo los avisos, advertencias y, llegado el caso, amenazas de mi abuelo cuando nos acercábamos más de la cuenta a algunas de las múltiplas acequias y
acequioletas que surcaban las pequeñas huertas familiares y que de forma ordenada regaban los campos de los vecinos. Curioso. Yo mismo me sorprendí diciendo lo mismo a mi hija cuando se acercaba a alguna estos días.

Volví, y volví a estar con mi familia. O al menos lo que va quedando de ella. Y ese anochecer, tras dar un corto paseo por donde antes era todo huerto y ahora, casi ahogado entre grandes muros de edificios y las luces que disfrazan el cielo de Valencia, pensé en lo mucho que me queda por hacer y lo rápido que se escapa el tiempo. Tanto que el día se había ido y nada más podía hacer hoy...


Cámara NIKON D200
Abertura f8
Velocidad 3 sg
Objetivo Sigma 10-20 mm f/4.0-5.6
Longitud focal 20mm (30mm en 35mm)
Medición Puntual
Modo: Manual
ISO 100
Calidad RAW
Recortada un 15% por arriba